¿Vives o subes?

La era de la comunicación y las redes sociales es un caramelo que seduce enormemente a la naturaleza humana y cuya combinación se vuelve, demasiadas veces, una absurda contradicción entre vivir y subir, entre sentir y vender, entre ser y parecer.

Personas que viajan con trípodes y palos selfie obcecados en hacer la foto, elaborar la historia, buscar una buena frase que acompañe y encontrar en las redes el ansiado premio. Un suculento pastel al que uno se puede volver adicto como sucede con todo lo que nos sienta bien.

Las personas a las que nos gusta la fotografía no estamos exentos de estar más pendientes de la foto que del momento, y a quien no comprende el significado de inmortalizar un bello instante, una puesta de sol, una emoción o un sentimiento, le puede parecer ridículo, y en cierto modo quizás lo sea. Pero nos gusta creer que hacemos arte o algo que se le parezca y nos convencemos de que cuando volvamos a ver la foto ese “sacrificio” habrá merecido la pena por que habremos inmortalizado un momento mágico.

Pero nos gusta creer que hacemos arte o algo que se le parezca y nos convencemos de que cuando volvamos a ver la foto ese “sacrificio” habrá merecido la pena por que habremos inmortalizado un momento mágico.

 

 

Y esto quizás es lo que piensan muchos y muchas cuando están más pendientes de actualizar su estado que de estar. Más interesados en contar los likes que en observar el lugar que nos regala el presente. Más pendientes de interactuar con el que nos comenta la publicación que con las personas y cosas que podemos tocar, oler, ver y en definitiva sentir e incluso, si cabe, reflexionar, una de las cosas más increíbles que te da viajar pero que tiene mucho más impacto personal que social.

… reflexionar, una de las cosas más increíbles que te da viajar pero que tiene mucho más impacto personal que social.

Tengo la sensación de que hemos perdido un poco el norte por que en cierto modo uno ya no vive las experiencias a tiempo real y para sí mismo, sino para un público cuantitativo que hincha nuestro ego lo cual, para que nos vamos a engañar más, es muy humano.

A veces pienso si algunas personas viven su vida o viven la vida que creen que deben mostrar, ya que cuando veo gente anunciando sus perfiles personales en Instagram pienso que se nos ha ido de las manos, ya que pagar para sentirte importante e intentar ser admirado es muy peligroso.

Personas que sólo bailan y ríen cuando hacen un vídeo y no hacen un vídeo mientras bailan y ríen. Personas que se hacen una foto preciosa en un sitio que ni se han parado a contemplar. Personas que ponen su mejor sonrisa para la foto y luego continúan con su actitud borde y desagradable. Personas que parece que si te acercas y las ves de lado resulta que son una pantalla, una mentira y que detrás de esa fachada, no hay nada auténtico, nada real, nada interesante.

Personas que sólo bailan y ríen cuando hacen un vídeo y no hacen un vídeo mientras bailan y ríen.

Nunca he sido de extremos por su toxicidad pero sí creo en una sana tolerancia. Respeto al que sube a las redes lo que quiera, yo el primero, pero quizás, mientras nos preocupamos por subir, filtrar, aderezar, decorar y en demasiados casos, aparentar, nos estamos perdiendo la realidad y el presente, se está perdiendo la auténtica vida de carne y hueso, la de los sentimientos y experiencias en mayúsculas por culpa de un “éxito sociodigital” que tan bien nos sienta de primeras pero que nos puede llevar a una peligrosa falsedad.

Y claro que sí, el que esté libre de pecado, que tire la primera foto, y la suba.