¿Felices fiestas?

Cualquier excusa es buena para generar buen ambiente, alegría, solidaridad e ilusión. Un aluvión de buen rollo que cualquiera en su sano juicio debería recibir con los brazos abiertos, o no. No todo es tan sencillo y cuando hablamos de emociones y personas, la cosa se complica.

Las desgracias no suelen llamar a la puerta, aparecen y si pegan fuerte pueden hacer mucho daño. Las heridas en unas fechas tan señaladas se marcan en la memoria con letras de oro. Es duro asociar un momento del año tan significativo a algo traumático, pero estas cosas pasan, y más de lo que nos gustaría. Una pérdida inesperada o uno de esos dramas que nadie quiere, pero que son parte de la vida, puede suceder cuando menos te lo esperas y… ¿Cómo lo gestionamos? Pues como buenamente podemos, obviamente.

Si nos ha afectado directamente a nosotros pues toca aguantar el chaparrón, la tristeza, llorar, llorar y llorar. Por si fuera poco, muchas veces, desgraciadamente, toca lidiar con la incomprensión del ignorante o el desagrado del que no ha aprendido a convivir con alguien que sufre, está incómodo y hasta puede llegar a hace algún comentario desafortunado. Si ya de por sí es complicado que unas fechas tan significativas te traigan malos recuerdos, que las personas de tu alrededor no te comprendan complica todavía más la situación.

Si conoces a alguien cercano para quien estas fechas no es plato de buen gusto dos conceptos serán la clave si tu intención es sumar: respeto y compasión. Respeto porque los duelos no vienen con libro de instrucciones, uno lo lleva como buenamente puede y aunque los manuales de psiquiatría y psicología se empeñen en estandarizar algo tan complejo y personal, sacar el mazo de juez para estas cosas suele traer más mal que bien. Ser cercano, ofrecer tu hombro y ayuda, sin juzgar, será lo mejor que puedas hacer, lo que más valore una persona que sufra en estos idílicos momentos. Compasión porque sufrir no es algo que uno quiera, ni busque, ni siente bien. La empatía es la llave de una buena ayuda.

No olvidemos que se trata de unas fechas donde ser feliz es casi una obligación, donde sonreír y hacer lo posible porque los más pequeños disfruten se convierte un bonito fin, lo cual hace que no sea nada sencillo lidiar con las emociones desagradables. Sufrir de por sí ya desgasta, y si a todo esto le sumamos el esfuerzo de disimular, pues ya tenemos otra piedra más en esta pesada la mochila.

Mucho ánimo para todas las personas en las que estas fechas les apetece más llorar que reír, estar sólo más que estar en compañía, estar triste más que desbordar alegría… El ser humano tiene sus mecanismos para asimilar grandes golpes así que mucha fuerza, comprensión y toneladas de paciencia mezclada con esperanza para esas personas que necesitan su tiempo y su forma, a pesar de luchar contra corriente y demasiadas veces contra la incomprensión del que sin darse cuenta, no suma.

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