Ilusión y miedo

Habrá quien piense que la ilusión es peligrosa y no le falta razón. Volar, volar alto, volar feliz y tranquilo es un manjar delicioso en el que si la digestión no es buena, puede sentarnos muy mal, todos lo hemos vivido, todos lo hemos sufrido. Pero yo quiero volar. Quiero volar con el propósito de convertir al miedo en mi aliado y no pienso darle más opciones.

Quiero que el miedo sea mi aliado porque me avisa de que estamos ante algo grande, de que estamos saliendo de la zona de confort, de que estamos explorando nuevas rutas y eso me gusta. Me gusta sentir que tengo que dar el 200 por cien, estresarme y aprender. Aprender esas maravillosas lecciones que te hacen dudar de ti mismo, de tus capacidades, de sí el reto es demasiado grande, esas que te ponen a prueba y que cuando te metes en cama estás orgulloso de ti.

Orgulloso de buscar nuevos retos, de no tener miedo a perder, de saber que el fracaso ya no es malo, ya no es lo que era, ahora no le tienes miedo porque tiene un significado diferente. Llevamos demasiado tiempo juntos como para pensar que es mi enemigo, sé que no quiere hacerme daño, sé que me quiere hacer mejor, más grande, más fuerte, más seguro.

Tengo hambre de presión, de estrés, de preguntarme si seré capaz, de angustiarme y pensar que soy un tonto para después reconciliarme con la más gratificante de las sonrisas.

La ilusión y los sueños seguirán dando sentido a mi vida y los errores y fracasos se encargarán de que los aprendizajes sean firmados con letras de oro. Es hora de jugar.

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