La vida golpea

Uno camina por la vida tranquilo, optimista, con la idea inconsciente de que todo va a salir bien, de que las desgracias pasarán de largo y el sol casi siempre brillará.

Entonces llega la vida y te demuestra que todo es efímero y que lo único constante es el cambio. La vida te enseña que hay cosas que no dependen de ti, que no manejas, que no puedes hacer aparentemente nada por cambiar una mala situación, una gran tormenta, un mal sueño…

 

La vida golpea

 

Pero los optimistas no nos culpamos por no prever desgracias. No por ser optimista te faltan recursos para afrontar un buen puñetazo, pero duele. Duele porque hay golpes que solo se encajan con dolor, hay golpes que solo se asimilan llorando en cama sin saber muy bien que hacer, esperando que después de sollozar como un niño pequeño uno encuentre la paz mental que buscaba. No la solución, claro que no, pero si la paz.

Son momentos desagradables que algunos han llamado negativos pero yo me resisto. Me resisto porque no voy a etiquetar unas emociones que forman parte de mí y que me ayudan a vivir la vida de forma sana como algo malo. Claro que son desagradables y claro que si fuese por mí los quitaría del medio pero ahí quien habla es mi corazón dolido, mi corazón indignado y triste que no quiere que las cosas cambien, que no quiere ver injusticias, que no quiere dolor. Una apasionante pelea entre mi cabeza y mi corazón que se dan lecciones constantemente.

Mi cabeza sabe que la tristeza me ayuda a asimilar los cambios, que avisa a mi gente de que estoy mal, que me ayuda a aprender y otras muchas cosas pero mi corazón no está para malos rollos. El no quiere rayarse, no le apetece la apatía, la desgana o la falta de chispa. El solo quiere despertarse y que todo haya sido una pesadilla. Pobrecito, lo que le queda por aprender…

Nos guste o no, hay que asimilarlo. Hay que asimilar que la vida a veces no es justa, que la vida a veces, el único sentido que tiene, es vivir. Vivir el momento, agarrarse a una sonrisa, a una mirada, a un sentimiento agradable por efímero que parezca, porque hemos aprendido que hay temporadas buenas y temporadas no tan buenas. No podemos permitirnos el lujo de de no cargar las pilas siempre que podamos y más, si cabe, cuando la cosa se pone fea de verdad.

No se trata tanto de luchar sino se convivir con esa desagradable reflexión, con esa desagradable sensación de vacío pero siempre, absolutamente siempre, con la esperanza de que todo va a mejorar, de que algo, por pequeño que parezca, siempre se puede hacer, de que lo que realmente marca la diferencia no son los hechos, sino la actitud ante ellos.

 

Deja un comentario