Ríe y baila siempre que puedas

Desgracias va a haber siempre, no necesito esforzarme en recordarlo porque mi cabeza ya me lo pone en las narices más veces de lo que me gustaría. ¿Pero quién se encarga de recordarme las cosas maravillosas que tiene la vida?

A veces el ser humano no sabe ni a dónde va, ni por qué hace las cosas que hace. Sutil secuestro de un piloto automático del que casi nunca nos damos ni cuenta y que nos hace meros espectadores de un bienintencionado, pero cuadriculado inconsciente.

¿Y cuándo coger el mando? Pues no se me ocurre mejor excusa que cuando nos acordamos de que podemos ser felices, de que podemos sonreír, de que depende de nosotros dejarnos llevar por el buen humor y sacar ese payaso interior que nos alegra la existencia. ¿Sencillo? No pero sí. Porque reír y bailar, dos subidones que nos hacen sentir libres, olvidarnos de todo, fluir y disfrutar, aunque el mundo se pueda caer mañana, es cuestión de proponérselo, es cuestión de acción, es cuestión de actitud.

Porque reír y bailar, dos subidones que nos hacen sentir libres, olvidarnos de todo, fluir y disfrutar, aunque el mundo se pueda caer mañana, es cuestión de proponérselo, es cuestión de acción, es cuestión de actitud.

Dos fuentes inagotables de buenos momentos que demasiadas veces se nos olvida entre compromiso y compromiso, entre obligación y responsabilidad, entre prioridad y urgencia, que sabotean nuestro bienestar más primitivo, dando prioridad a la supervivencia, dando protagonismo a las preocupaciones, al miedo y a otras urgencias evolutivas comúnmente sobrevaloradas.

Como decía la canción: ríe cuando puedas y llora cuando lo necesites, y si además a eso le sumamos un par de temazos y poca vergüenza, la vida puede ser maravillosa, por lo menos, un ratito. ¿Bailamos?